miércoles, 31 de mayo de 2023

Todo el sabe - 14 aproximaciones a Leonard Cohen

 

Meriendas de naranjas y té de la China

 

“La gente decía 'deberían regalar

hojas de afeitar con los álbumes de Leonard Cohen

porque es música para cortarse las muñecas'.

Decían que estaba deprimiendo a una generación”. 

L.C.

 

 

            Todo comienza con la merienda de té y naranjas servida por Suzanne y acaba con esta respuesta a un email, dos semanas antes de morir: “NO PUEDO LEER /RESPONDER. DISCULPAS”. En el medio, cincuenta años de carrera musical, una depresión que dura más de media vida, larga reclusión en un templo budista, estafa económica, vuelta a las giras y al escenario en la vejez, todo horadado por los actos más mundanos. Y antes de la muerte irremediable, una vida en búsqueda de la belleza, esa a la que no se llega por cómodos caminos sino por senderos donde el riesgo es el báculo y la brújula pero también las espinas y los pasos ciegos.

            En la génesis de su obra musical, el mito habla de una canción de Bob Dylan sonando en la radio. Si este muchacho puede cantar, entonces yo también, piensa un Leonard Cohen poeta y novelista, con una naciente reputación de escritor. El hombre es joven para la literatura y ya tiene publicados cuatro libros de poemas y dos novelas. La segunda de ellas, Perdedores Hermosos, parienta dilecta de los Henry, Miller y Michaux, le provoca un colapso nervioso, al final es recibida con polémica por la prensa canadiense y le da una altura de miras que querrá aprovechar.

            En Grecia vive de manera espartana. Recordemos que en la isla de Hydra no hay luz eléctrica y se alimentan de lo que ofrece la madre tierra. Nadie necesita mucho más que vino, manzanas y uvas. Y ácido. Y amor libre. Pero la herencia de su abuela y el dinero del premio literario se acaban y necesita dinero, precisamente, para no pensar en él. Entonces, se le ocurre la solución: grabar un disco, uno solo, y ganar lo suficiente para seguir escribiendo de cara al sol. ¿Por qué no? Dylan, un pésimo cantante, y Jacques Brel, un pésimo sufriente, ya lo hicieron. Además, muchos de sus poemas pueden ser fácilmente musicalizables con la progresión de acordes que conoce desde su juventud.

 




            En un poema, Cohen escribió: “Cuidado con lo que sale de Montreal, sobre todo en invierno. Es una fuerza corrosiva para cualquier institución humana”. Con estos versos se podría pensar en un canadiense que quiere sentar las bases para una literatura de la huida, una versión acomplejada del roader norteamericano, a la manera de Kerouac o de Peter Fonda, tan presente siempre en aquellas latitudes desde Mark Twain y Henry David Thoreau.

            Jorge Barón Biza, en su ensayo “La huida sin fin”, define al roader como “la contrafigura del turista. Al roader no le interesa lo típico, lo grandioso, ni lo caro. Para él, es casi una obligación pasar por una gran ciudad sin echar siquiera un vistazo a los grandes monumentos”. Leonard Cohen, desde ya, no es un turista, porque elige salirse de cualquier circuito. El paseo prefijado es aburrido, alienante. Cohen es un viajero más parecido a Ulises o al Dante peregrino que a Dean Moriarty o al Rimbaud del África. Porque él quiere vivir la poesía, sí, pero para poder escribirla; para escribirla necesita tiempo, espacio y memoria, los tres pilares de una obra que los roaders necesitan malgastar, desechar, perder.

            Después de Montreal e Hydra, llega al Village, cuna de la bohemia neoyorquina, con un puñado de canciones entre las que se encuentran Suzanne y Dress Rehearsal Rag[1],  grabadas por su amiga Judy Collins, una cantante folk de la época, en un álbum de versiones con temas de los Beatles, Randy Newman y Brel, entre otros, y que le abriría las puertas a su primer contrato  discográfico.

            Sin embargo, Cohen tiene dos problemas: la edad y el tópico de sus canciones. En primer lugar, ya es viejo. Estamos en 1967, en la época del vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver, dicha por Humphrey Bogart pero atribuida a quien mejor le calzaba: James Dean. Y Leonard camina lento, no se viste como un joven que va a morir sino con la elegancia de quien asistirá a un velorio, y su rostro judío no es precisamente una deidad. Para entonces, Marilyn ya ha sido inmortalizada por Warhol como ícono pop. Bob Dylan apenas tiene veinticinco años y ya hizo su conversión eléctrica; “Judas” ha trastocado al mundo de la música y está en la cúspide. Jim Morrison es hermoso y se pelea con la policía, Jimi Hendrix explota su guitarra. Lou Reed, Joni Mitchell,  Neil Young, Patti Smith y otros colegas están empezando sus carreras y apenas pasan de los veinte años.

.           Por otro lado, sus canciones no responden al clásico amor romántico[2]: chico-enamora-chica, hace-todo-mal, chica-se-va, chico-escribe-canción-triste para enamorar a futuras chicas a las que tratará mal. Tampoco escribe canciones de protesta a la manera folk norteamericana, y por supuesto no son cadáveres exquisitos para delicia de los beatniks. Sus canciones son demasiado tristes, demasiado intimistas para el movimiento hippie. Algunas son oscuras, otras más luminosas. Pero todas entraman la nervadura de una búsqueda hacia algo mayor.  ¿Puede Suzanne, canción que promueve la idea de un Jesús “casi humano” y la posibilidad de liberación de los hombres (todos los hombres serán marineros hasta que los libere el mar), conmover masivamente con su voz? ¿Cómo puede Teachers, por ejemplo, poema devenido en canción con arreglos casi góticos, que narra un peregrinar auto lacerante, convertirse en el sonido de una generación? ¿Alguien podía pensar que esa complejidad metafísica llegaría a ser popular?

 

            En una entrevista en España, Cohen dijo que no tenía idea de cómo había llegado hasta allí. Era 1988, veinte años después de la edición de su primer álbum. Yo tenía nueve años cuando murió mi padre, dice, fui hasta su armario, tomé una de sus corbatas, la descosí y escribí unas palabras que metí dentro de ella. Luego, la enterré en el jardín de casa. Esa fue la primera vez que escribí algo, esa fue la primera vez que necesité escribir algo.

            Osvaldo Baigorria, escritor, periodista y libertario, es el autor de “Anarquismo trashumante”, libro donde cuenta la historia de distintos anarquistas que practicaban la trashumancia. La galería de muchachones entrevistados refuerza la idea de la renuncia como compromiso político. Entre los linyeras, o los que andaban entre crotos, hubo quienes trabajaron como temporeros, quienes robaron gallinas cuando flaqueaba el laburo y aquellos en exceso escrupulosos que no tocaron ni una pluma, ni un huevo; también hubo chorros de verdad, es decir, asaltantes de bancos que aprovecharon la marginalidad de la crotada para esconderse de la ley. ¿Fueron estos crotos de principio y mediados del siglo 20 una anticipación del roader norteamericano, presente a partir de la segunda mitad del siglo? ¿Es posible que el croto anarquista haya mutado en un roader, teniendo en cuenta el vaciamiento de conciencia política, la ampliación del consumo y la multiplicidad de estímulos alienantes? ¿Fue el hipismo real el eslabón perdido entre ambas formas de vida?

 

            Es difícil saber en qué momento de la vida nos decidimos a ser lo que acabamos siendo, dice Cohen en esa misma entrevista. Puede que cuando murió mi padre, yo hubiera decidido subir una montaña, a la montaña que está al lado de Montreal, y quizás habría acabado como un explorador, o un escalador. Pero lo que me ocurrió fue que necesité escribir unas palabras en un trozo de papel. Así que es un misterio lo que nos conduce a ser lo que somos. Luego habla de Phil Ochs, músico folk de los 60 que se suicidó un año antes de entrar en el privilegiado club de los 27.

            No era agradable verlo en sus ataques de locura, dice Cohen, dormía en las calles, tenías las manos y la cara deformadas de pelear. Él sabía que el dinero le había ganado a la revolución, y sabía también que no podría vivir para siempre como héroe de una revolución, es decir que prefirió ser un mártir a un traidor. Ochs, sentencia, estaba tan plenamente identificado con el espíritu de aquella época que se derrumbó con ella.

           


            -¿Usa la misma técnica para escribir poesía y canciones?

            -Sí, una palabra por vez. Como si caminara lento.

            Para 1967, Leonard Cohen lleva mucha vida recorrida con lentitud.

            Ha estado en Cuba, justo en el momento de la invasión de Bahía Cochinos. Cohen con barba, joven, la piel tostada por el sol, justo él, un pálido muchacho de Canadá. Lo detienen por sospechoso de ser, precisamente, un traidor a la revolución. Enseguida lo liberan y el hecho, anecdótico, será material de futuras canciones, y abonará su propia versión del judío errante.

            Ha vivido tiempo, un gran amor y amores en Grecia, en su casa sin luz ni agua por la que pagó 1.500 dólares. Ha pasado años en la universidad de Montreal y ha pertenecido a un grupo de poetas beatniks canadienses, entre ellos Irving Layton, que será su amigo durante toda la vida. Ha sido premiado por sus libros, ha sido augurado como un gran escritor y ha conocido la mesura de necesitar tiempo para llegar a serlo.

            Desde la escritura del mensaje en la corbata –o desde antes, quién sabe- ha padecido una sensibilidad extrema. Ha sido presa de altibajos anímicos durante toda su adolescencia y juventud. Para aplacar la depresión ha tomado pastillas, ha tomado ácido y anfetaminas, se ha refugiado en el alcohol, ha escrito mucha poesía. Sin embargo, nada le ha traído paz. Sin ser un roader, sin ser un linyera de Baigorria, parece llevar de estos el cansancio cuando buscan claudicar, terminar la búsqueda, asimilar un mundo que de alguna manera han abandonado. Con todo este bagaje llega al estudio para grabar las diez canciones que componen Songs of Leonard Cohen.

             

            Su primer álbum tiene la producción de John Simon, con quien mantuvo un conflicto durante todo el proceso de grabación porque el músico pugnaba por un sonido más austero y Simon por una orquestación más compleja. La solución será agregar voces femeninas. No será sino hasta el próximo álbum que Cohen podrá sacarse los arreglos que puedan asemejarlo, entre otros, a los primeros discos de Scott Walker y que serían estos la base de muchas canciones europeas de aquella década y principios de la siguiente[3]. Sin embargo, escuchado hoy, es un disco con arreglos justos, minimalistas y casi perfectos.

            La portada del disco lo muestra de frente, bien peinado, con camisa blanca y saco negro. El plano y su gesto adusto la hacen parecer una foto carnet, más cerca de un registro de conductor que a las tapas psicodélicas o bucólicas de los discos de la época. Podríamos decir que el disco comienza con un amor platónico y acaba con la ruptura de aquello no consumado. La heroína de otros tiempos, semidiosa de la bondad, atraviesa todo el disco hasta que, al final, su sombra proteica, la sombra de Suzanne, se ha escapado. Hay otros amores en el disco, claro. Está Winter Lady. Está Marianne. O mejor dicho, el adiós a Marianne. Ella hace que él se olvide de rezar a los ángeles y entonces los ángeles se olvidan de rezar por ellos. Por supuesto, los ángeles son una metáfora de la soledad: Cohen siempre estará al borde del abismo y soltará a quien lo acompañe para no arrastrar a nadie en su caída. Nos imaginamos la situación: pareja feliz en una isla griega, viviendo un eterno verano. Pero la juventud es efímera, los demonios tenaces y más vale terminar con elegancia. Además, Cohen encuentra otras clases de amor. La religión parece entonces un camino posible. Su formación judía y sus lecturas del Antiguo Testamento se ven en Master Song[4], Sisters of Mercy y Teachers, y son el germen de gran parte de sus próximas canciones. El álbum termina con One of Us Cannot Be Wrong, donde narra los daños que una mujer deja en sus amantes en una clara metáfora de la búsqueda de algo mayor y el fracaso al no encontrarlo. Parece hablarle a Dios cuando pide por favor, dejame entrar en la tormenta.

            Así como en la literatura los escritores suelen arrepentirse de sus primeros libros por ser estos solo la matriz de su obra posterior, pocos músicos pueden ser recordados por su primer álbum. Songs of Leonard Cohen es un disco perfecto; Songs of es la obra de un hombre maduro. La del hombre que sabe ir lento, la del hombre con tiempo, espacio y memoria. 

  



[1] Leonard Cohen la grabará en su tercer álbum, Songs of Love and Hate.

[2] Esto no impedirá que los buitres le compraran los derechos de Suzanne y algunas canciones más. “Entonces no entendía las prácticas comerciales estadounidenses”, declarará Cohen. Lo cierto es que recuperó los derechos recién varias décadas más tarde.

[3] Las canciones de Serrat, de Nino Bravo e incluso de Julio Iglesias tienen esos fondos en extremo orquestados, que a veces suenan a mundo zíngaro y otras a una parodia de aquello que desean representar.

[4] Quizá una de sus canciones más complejas. Consta de nueve estrofas y carece de estribillo.  Abunda en analogías y metáforas bíblicas para graficar un triángulo (la santísima Trinidad) de amor y de poder. Las escenas parten del antiguo Egipto y llegan a la historia medieval.

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